jueves, 12 de noviembre de 2015

No dejen de conocer a "Doña Alicia" un personaje creado en el taller de escritura de la Biblioteca



DOÑA ALICIA

La primera vez que vi a Doña Alicia estaba peleándose a muerte con el ordenador nuevo que acababan de instalarle para la gestión de la receta electrónica. Su melenita castaña estaba alborotada y un rictus le fruncía los labios mientras decía que aquello de la informática no era lo suyo.

Doña Alicia es miope.  O se hace.  No te dejes engañar por sus sempiternas gafas y date cuenta de cómo sus ojos te taladran mientras pides en voz una octava mas baja de lo que corresponde una crema para las hemorroides.
Ella te  escucha pedir un almax y sabe qué te retuerce el estomago.  Un jarabe para la tos y adivina qué tienes atragantado.  Un trankimazin y ve tus pesadillas. Y un colirio y acierta  lo que no quieren ver tus ojos.
Pero lo que mas le gusta es su rebotica.  Allí prepara las escasas fórmulas magistrales que aún  le piden el puñado de médicos nostálgicos objetores de las Bayer y compañía.  Y de allí también salen sus tarritos rosados para el cutis, sus ungüentos para los dolores y sus bolsitas de tisana para los nervios y la digestión.
O eso dice que son.
Ernest Descals

Doña Alicia quisiera acabar con los males de este mundo: el egoísmo, la pobreza, la hipocresía y la guerra.  Desearía que los seres humanos fueran felices y ha hecho de su contribución a esa tarea el sentido de su vida.
De modo que a veces, sólo a veces, y jamás y nunca si se lo pides, ella te entrega tu cajita de ibuprofeno y una bolsita con su selección de hierbas “las pruebas y me dices que tal”. Y cuando vuelves, con el dolor de vivir aliviado y le preguntas por lo que te dio, se atusa la melena con aire distraído “no era nada, manzanilla, reinaluisa, que se yo… ya no me  queda”.
Y hay quien llegó moreteada y le vio envolver el trombocid  con parsimonia y añadir una muestra de su crema rosada “para esa piel tan seca, hay que cuidarse”  y fue aplicársela y venirse arriba y atreverse a sentir  y a vivir  con derechos y sin permisos, y botar la basura, del armario, de la cabeza y… de la casa .
Si le insisten, o si vienen de fuera a preguntarle, ella queda en silencio unos segundos,  el ceño en armas y la voz de hielo “tonterías, las cremas  tienen aloe vera, vitamina E y agua de rosas, no se de qué me hablas”.
La cosa es que uno llega con su receta del seguro por delante y su mochila de penas por detrás .Y algunas veces te vas  con el antihistamínico del alergólogo y con el remedio de Doña Alicia para que lo malo sea menos malo.

Así  que,  desde luego, yo que he sido cliente suya desde hace años,  estoy totalmente convencida de que Doña Alicia  es inocente.  Yo estaba allí la tarde que acudió aquella señora tan tiesa y le anunció que iba a poner una farmacia en la calle de  abajo.  Que   muriera de pronto al día siguiente, así es la vida, que no avisa. Doña Alicia fue amable como siempre,  le invitó a la rebotica y se tomaron un te. Las dos el mismo, señor fiscal,   desde el mostrador se ve todo, se lo juro.  
Ernest Descals 
Maite

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