miércoles, 9 de diciembre de 2015

La más insolente rutina puede ser un divertidísimo relato en el taller de escritura impartido por Marino Gimeno Machetti en la Biblioteca

El Trono
(por henodepravia)

El trono le ha apodado mi marido y por él me dice “mi reina”; el aliviadero lo llamaba mi abuela; mi rincón de paz y tránsitos lo he bautizado yo. Soy muy maniática en mis visitas mañaneras y hoy, aunque me sonrojaré, revelaré mis secretos.

Me levanto de la cama como un canguro autista, sin hacer ruido, y dando saltitos de ratón abro la puerta de mi inmaculado templo. “Me sonrojo sólo de pensar en lo que voy a contar ahora, ¿seré capaz?, creo que sí”, pues eso, que me desnudo totalmente, me quito hasta el esmalte de las uñas de los pies, “¡ayy, qué vergüenza, noto mis mejillas ardiendo!” y me siento con mucha elegancia, piernas en paralelo, como si fuera la reina Leticia, que en este sitio no hay diferencia entre reyes y lacayos. Mientras leo el periódico espero, siempre en vano, noticias de mis intestinos, delgado, grueso, ciego y también del irritable colon; pero sé, que si no utilizo la fórmula secreta, no seré capaz de cumplir mi secreta misión.
En una repisa de metal dorado y cristal, justo al lado del trono, está él. Envuelto en papel, amarillo como el heno seco, y rotulado con bonitas letras verdes, reposa su secreto, el que le ayudará a terminar su sigilosa misión. Escondido en su envoltorio, una pastilla de jabón, verde como el heno verde, asoma una de sus puntas como si fuera un pepino jugando al escondite.
Miro, con indulgencia y alivio la pastilla porque será la que, como siempre, me saque de este molesto atolladero. La tomo con dos dedos y la acerco a mi nariz y la huelo, la olfateo, la husmeo. No sé qué sustancias llevará en su fórmula magistral, pero al sentir su fragancia, cual podenco tras el rastro de una liebre, mi vientre retumba como el bombardeo de aviones alemanes sobre Londres, escucho los cazas franceses bombardeando las posiciones del ISIS y siento que me arde todo, como la bomba nuclear que arrasó Nagasaki e Hiroshima juntas. 

Él ha sido el acompañante fiel en mi trono desde que tengo cinco años. Un día, un atracón de higos picos, me provocó un estreñimiento terrible, cólicos y vómitos por no poder terminar de digerir las asquerosas pepitas. Ninguno de los remedios tradicionales fue capaz de aliviar mi malestar, hasta que María la encargada de la vaquería me entregó, como un tesoro del pirata Pata-palo, una pastilla de jabón verde y me susurró al oído la secreta instrucción. “huélelo hasta que sientas que tu interior gruñe como un perro que cuida su hueso” 
Hoy casi me caigo de mi trono al leer la más terrible de las noticias y las gotas de sudor que resbalan por mi frente mojan las páginas de economía del periódico en las que explican, con un titular en negrita y de gigantescas letras arial 24:

Cierra la empresa familiar Heno de Pravia,  absorbida por Puig, que descatalogará su famoso jabón verde


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