miércoles, 6 de abril de 2016

Conociendo un poco más a los asistentes del Taller de Relatos Cortos de la Biblioteca a través de "El Diálogo"

Me gusta hacer juegos malabares con las palabras. Llenar los bolsillos de un mundo real incierto, de perlitas de surrealismo. Escribir la cotidianidad de personas desconocidas, para darles un sin fin de probabilidades de maquillar sus vidas. Escribir es como sacar una imagen de un cuadro y darle vida.
Zaya

Fotografía de Leanne Surfleet
LA VIDA
Como solía decir Felipe: “Carpe Diem”. De repente, un día de lluvia al salir pronto del trabajo pensó en regalarle a su mujer un ramo de rosas rojas. Sabía que su mujer era de armas tomar, y debía deleitarla con aromas de flores. Pensó que aquel día de lluvia era el mejor para decirle lo nunca dicho, pues estaba harto de que ella siempre viera el mundo al revés.
Se subió al autobús algo más temprano de lo normal. El olor a humanidad le producía náuseas. Lamentablemente, aquel día de lluvia no había podido ducharse en el trabajo pues llevaba prisa, pues hubiera camuflado el olor del autobús con su perfume varonil. Felipe se sentó junto a dos señoras de mediana edad, quienes no paraban de criticar como cotorras. Pobre individuo al que despellejaban con su verborrea, pensó Felipe. Felipe deseó en aquel momento que se lo tragara la tierra, pues no funcionaba aquello de a palabras mal sonantes…Y continuó con su palique interno para mitigar tantas palabras mal sonantes. Sin embargo, diez minutos antes de que el autobús parara en su parada, Felipe tuvo suerte de que aquellas cotorras se atragantara con sus palabras, pues parecían estar ya cansadas. Algo extraño debió quitarles el insulto de sus bocas.
Al bajarse del autobús aquel día de lluvia, Felipe iba pensando de camino a su casa, que después de entregarle el ramo de rosas rojas a su mujer debía cortar con ella de raíz. Atrás quedarían aquellos años donde pensó que su mujer era la chica más increíble con la que había estado. Atrás quedarían los paseos por el parque que iban siempre. Atrás quedarían sus nombres grabados en cortezas de árboles viejos. La vida había sido un regalo para Felipe cuando conoció a su mujer, pero cuando el amor se termina, la vida pasa de largo. Pensar en que sólo la muerte los separaría, ahora le resonaba a el vacío que deja alguien cuando se va. La vida hay que vivirla al máximo, porque morir es la ley de la vida, pensó Felipe antes de entrar por la puerta de entrada de su casa.


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