martes, 20 de mayo de 2014

LEER: un verbo sin imperativo. Un texto de Fulgencio Argüelles

El verbo leer repudia el imperativo, como los verbos amar o soñar. Tan absurdo sería gritarle a alguien “¡lee!”, como exigirle “¡sueña!” o “¡quiéreme!”.

Il. César del Valle
     Quizá para nuestras generaciones la lectura era un acto subversivo. Me recuerdo, aquellas noches sin luna y sin tiempo, sostenido únicamente por la emoción de saber si el joven protagonista de Los Miserables conseguiría librarse de una muerte segura, y el alivio bajo las sábanas cuando la mágica pluma de Víctor Hugo descubría de pronto la entrada a alguna misteriosa y salvadora cloaca. Recuerdo haber llorado a escondidas con Ana Ozores, sintiendo su agónica soledad como si fuera mía, y haber colocado mi cabeza sobre los raíles del tren con Ana Karenina. Me senté muchas veces más allá de la vida en las calles soñadas de Comala a escuchar las confesiones de los vientos de Pedro Páramo y me apoyé en los barandales de un Macondo reticente a poner nombre a las cosas.
Mujeres lectoras, il. Cristina Iotti
     Dickens, Tolstói y otros muchos, me enseñaron a vivir. Cada libro suponía un descubrimiento de lo mejor y lo peor de mí mismo. Aquel espiritual momento de extraviarse en la historia, de sumirse en la liturgia del silencio, de regresar al único paraíso posible; aquel instante de intimidad y encuentro con mundos sorprendentes; aquello, digo, tenía mucho de secreto acto subversivo, de silenciosa revolución contra el pensamiento impuesto, y, por lo tanto, de crecimiento interior. Yo siento cómo esto se despide ahora a mi alrededor.
Relax y lectura, il. Fred Calleri
     Se refuerza el inglés con clases extras, violín de cinco a siete, equitación los jueves, sofisticadas artes marciales, gimnasias rítmicas… 
¿y la Literatura? 
¿Y el espacio vacío para los sueños? 
¿Y el aroma inconfundible y redentor de los libros? 
Ofrecemos a nuestros jóvenes demasiadas lecturas para instruirse, pocas para soñar. 

     La lectura debe ser un acto creador, no un acto académico. No exijamos resúmenes o comentarios después de la lectura de un libro. Compartamos sentimientos alrededor de ese libro. Rebusquemos en los estantes libros que motiven, que enganchen, libros que asombren. La lectura es una conversación con el mundo. Muchos dicen que les gusta leer, pero que no tienen tiempo o que llegan a casa muy cansados. Ya Séneca advertía que la lectura alimenta el espíritu y da reposo después de la fatiga. 


¿Quién tiene tiempo para estar enamorado? ¿Se ha visto alguna vez que algún enamorado no encuentre tiempo para amar? La lectura es, como el amor, una manera de ser.
     
     Padres y profesores debemos buscar libros que enganchen a nuestros hijos desde la primera frase, y debemos ocupar tiempo para leerles en voz alta libros que los sobrecojan, que no los dejen parpadear desde la primera línea. Y hacerlo escenificando, gritando si es preciso. Descubrámosles que el placer de la lectura reside en esa intimidad mágica entre ellos y el autor. Y cuando esa intimidad se haya producido podremos salir de puntillas, pues ellos irán a buscar ese libro para saber cómo termina la historia.

Buenas y lectoras noches
Katie Berggren


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