jueves, 21 de enero de 2016

El ritmo, protagonista en esta nueva sesión del Taller de Relatos Cortos que Mariano Gimeno Machetti imparte en la Biblioteca


fot. Inn-Ocent
Vía Crucis.
Había salido de su casa con la vestimenta adecuada a la aprobación materna. En su bolso bandolera, ocultos, la minifalda y el jersey de canalé amarillo y ceñido que repondría en cuanto llegase a  casa de la amiga que le aguardaba.
La mudanza de su familia a aquél barrio, todavía en construcción, era reciente. Al otro lado del puente quedaba su infancia.
Este otro puente que tenía que atravesar cada día, aunque también era de piedra, carecía de las hermosas estatuas de los ángeles que custodiaban el paso seguro de los viandantes.
Caminaba deprisa, como siempre, acelerando el paso al llegar a aquél tramo de esa calle interminable. No había forma de soslayar su presencia a la mirada de los obreros que trajinaban en lo alto de sus andamios, ni evitar oír las soeces palabras que a modo de piropos le llovían desde las alturas.
Su ánimo se iba descomponiendo, se le atragantaba la rabia y el rubor de su rostro iba en aumento. Era su vía crucis particular. Al otro lado de la calle quedaba solitaria la entrada al Templete, y el callejón lateral empedrado con resbaladizas piedras  que atajarían el camino hacia el puente de madera y la vieja estación de trenes de cercanías. Allí el trasiego de personas era mayor y podría pasar inadvertida. Pero acabó descartándolo. “A la vuelta”, se dijo
El anteriormente rio caudaloso que ocasionara aquella desventurada riada era ahora apenas un arroyo que serpenteaba difícilmente entre las piedras y los matojos de su cauce.
Con la vista al frente se mantuvo ignorante del grupito de adolescentes que se le iban  aproximando. La acera ahora parecía incapaz de cobijarlos a todos. Ninguno cedió un paso, así que el encontronazo se haría  evidente en pocos metros. Ella sabía lo que le esperaba. En unos instantes se vio rodeada  por aquellos cinco chavales que aprovecharon la confusión para deslizar sus manos ávidas y toquetearla sin pudor. Vio sus  risas y sus gestos al cercarla.
Armándose de su invisible armadura y uñas de acero,  a manotazos logró atravesar el círculo que le cortaba el paso. Siempre rumiaba situaciones de venganza, ideaba armas ocultas bajo sus ropas que sirvieran de cepo y escarmiento a los dedos ágiles de aquellos odiosos gamberros.
A la carrera inició la retirada,   seguida de cerca por los chavales que estaban disfrutando de lo lindo, mientras ella intentaba recomponer su falda, su blusa y su dignidad. Dejó todo sentimiento de venganza aparcado al llegar al portón del Templete.

 “Me acojo a sagrado, musitó para sí, mientras recobraba el aliento y encaraba a sus perseguidores.
Nani
fot. Kylie Woon

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